El jueves pasado llegué a Ezeiza para tomar mi vuelo de United. Llegué a la terminal unas 3 horas antes de la partida y pasé sin sobresaltos por todas las etapas de control hasta la puerta de salida del vuelo. Allí pasé mi único sobresalto puesto que en el check-in no me habían asignado un asiento y me dijeron que me lo darían directamente en la puerta. Sin embargo, una vez allí, no faltó la sucesión de gente que tenía una razón para quejarse y demorar la tarea del personal. Así, era imposible no preocuparse de que en algún momento comunicaran que debido a su política de vender, vender y vender, el vuelo había sido sobrevendido. Pero el joven empleado de United había asegurado que había lugar y cumplió con su palabra. Quince minutos antes del despegue me asignaron un asiento del lado de la ventana y como no hay mal que por bien no venga, al embarcar sobre la hora, el último control de seguridad fue bastante más expeditivo que con quienes embarcaron primero. El vuelo no tuvo sobresaltos y más allá de mi incapacidad de conciliar el sueño a bordo de cualquier medio de transporte, fue placentero. El amanecer del viernes me encontró contemplando las costas de Florida y una hora y media más tarde, mientras me preguntaba cómo los estadounidenses andaban en esos autos tan chiquititos, el Boeing 767 aterrizaba suavemente en Dulles.